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Los Favores se Pagan

El mismo martes siguiente me volvió a llamar Ricardo para decirme que Valeria había organizado una fiesta "en mi honor" y que esperaba que, si estaba de acuerdo y podía ir, fuera temprano, para que cuando llegaran los demás invitados ya estuviera "vestida". Por intermedio de Ricardo le mandé decir lo mismo que a Enrique. Que para eso cobraba, y caro además. Ella accedió gustosa. Si me hubiera dicho que no me hubiera dado mucha rabia, porque en definitiva no me quería perder esa fiesta con desconocidos.

Llegué a eso de las siete y media. Valeria procedió a la tarea de maquillarme como sólo ella sabe hacerlo, me prestó un fabuloso vestido negro violeta muy ajustado que marcaba "mis formas" de manera incitante y cuando por fin me ví en el espejo, me pareció que hasta podría estar en una pasarela de desfile de modas. Otra vez, no lo podía creer, era toda una diosa.

Claro, todavía era temprano, no habían llegado los invitados, y al verme así Valeria se agarró flor de calentura y me pidió que me la "comiera" allí mismo, cosa que hice durante bastante tiempo haciéndola tener varios orgasmos y dejándola "puesta" con una calentura feroz, dado que no quise penetrarla diciéndole que "las mujeres no tenemos con qué. Supe que, en ese momento, ella era capaz de cogerse lo que le pusieran por delante.

Cuando comenzaron a llegar los invitados, que fueron bastante puntuales, yo no los ví porque me había quedado "sentada" en un sofá del vestidor leyendo unas revistas de modas europeas. Valeria quería que yo entrara como una sorpresa para los invitados que llegaban.

Me vino a buscar, me condujo al living y me los presentó uno por uno. Eran dos muchachos jóvenes, de entre treinta y cuarenta años, uno de ellos morocho, macizo, muy elegante, de esos tipos que no sólo tiene pelo en pecho sino en todo el cuerpo. Me gustó mucho de entrada. Además otras dos "minas" (no es otra la palabra) muy berretas, prostitutas de tiempo completo y, para mi máximo asombro, Julio, su marido, que estaba con cara de pocos amigos. Me pareció, en realidad estoy segura, que a él no le hacía ninguna gracia esto de la fiesta. Por otra parte también tuve la sensación de que se estaba llevando muy mal con Valeria.

Pero bueno, yo había causado cierta sensación, y decidí no darle bola a Julio, total había otros dos machos, las dos locas y Valeria.

Tomamos unas copas, bailamos un rato, empezó una franela general que crecía en intensidad a medida que pasaba el tiempo y de pronto, me dí cuenta de que Valeria no estaba. Como imaginé lo que estaba ocurriendo, le pedí a Carlos, el morochón divino, que fuéramos a buscarla. Fuimos directamente al dormitorio, donde la encontramosa en medio de una cama redonda con Jacinto y una de las minas.

Nos quedamos mirándolos coger, mientras Carlos comenzó muy despacio, suavemente, a meterme una mano para acariciarme el culo y yo respondí pasando mi mano sobre la bragueta, hasta que comencé a bajarle el cierre. Estaba sin slip, de manera que casi en seguida se la agarré, émpecé suavemente a masturbarlo para que se le parara del todo y cuando estuvo listo comencé a mamársela muy despacito, lentamente, gozándomela toda.

Éramos cinco en esa cama; en seguida estábamos todos mezclados. Mientras Carlos me la iba metiendo suave pero firmemente, Valeria y yo se la chupábamos a Jacinto, de modo de que antes que Carlos acabara dentro mío, casi lo matamos al pobre entre "las dos".

Estábamos tan trenzados que en un momento la otra mina se fué para el living y nos dejó a los cuatro. Finalmente decidimos volver al living nosotros también a tomar un respiro y un trago e integrarnos con el marido de Valeria, Julio, y las dos minas.

Los tres estaban desnudos. Ellas dos trenzadas en un sesenta y nueve y Julio mirando. Si bien no estaba equivocado al suponer que a Julio le caía muy mal la fiesta de su mujer, tampoco daba la sensación de ser ni un ingenuo ni un tontito, por lo que me extrañó que no estuviera haciendo nada. Y en realidad eso es lo que hizo toda la noche, NADA.

Desde luego, tenía una bronca de mil demonios. En un cierto momento se fué con Valeria al dormitorio, y nosotros desde el living pudimos oir una violenta discusión entre ellos. Se dijeron, menos bonito, de todo. Volvió Julio al living y nos dijo que nos teníamos que ir todos y que nos llevaría en su 4X4.

Se subieron Julio y Valeria adelante, las dos minas en el medio y Carlos, Jacinto y yo en la parte de atrás. Julio agarró por el ramal a Tigre y al llegar a la calle Uruguay, que a esas horas está muy oscura, frenó y les dijo a las dos minas que se bajaran. Me extraño esa actitud tan desconsiderada, pero supuse que allí las habrían "levantado" para la fiesta.

Seguimos viaje y al llegar a la estación de Tigre, hizo bajar a Carlos y Jacinto para que se tomaran el tren de vuelta a la Capital. Valeria protestó, ellos se ofendieron bastante, se bajaron entre puteadas y se fueron.

Empecé a sentir una cierta sensación de temor, porque si al menos hubiera podido cambiarme podría accionar y reaccionar de otra manera. Estaba vestido de mujer, sin plata y sin mis documentos, que habían quedado con mi ropa en la casa. Y en ese momento pensé ¿donde demonios vamos?

Habia comenzado a llover a cántaros. Pasamos Benavídez y unos pocos kilómetros mas adelante llegamos a un lugar donde había una estación de servicio con "maxi-kiosco" abierto. Julio paró, y como había empezado a pelearse otra vez violentamente con Valeria, me dijo que me por favor me bajara un momento y entrara para no mojarme. Eso hice y cuando estuve adentro, arrancó, se fué y me dejaron allí. !Que hijo de puta!

¿Como hacía para salir de ésta, sin dinero, sin documentos, vestido de mujer y en ese lugar que era poco menos que un desierto o un pueblo muerto como en las películas? Ahora sí me dió miedo. Pensé que terminaría preso, que me iban a romper el alma en la comisaría, y en el escándalo que se armaría en mi familia. Estaba realmente aterrorizado y sin saber que demonios hacer.

Poco más de media hora habría pasado, cuando paró un camión a cargar nafta. Me animé, no pregunten como, y diciéndole que había tenido "un percance" le pregunté al camionero si iba hacia Buenos Aires. No puedo describir como me miró, pero me contestó que sí, que por lo menos me iba a acercar.

Apenas arrancamos pude darme cuenta que el tipo, con absoluta lógica, pensó en mí como un travesti de la Panamericana. Iba muy despacio y comenzó a decirme chistes obcenos que no me hacían la más mínima gracia. Y de improviso dijo que "los favores hay que pagarlos". Se acercó a un "descanso" donde paran micros, se sacó el miembro afuera y me "ordenó" que se lo mamara hasta acabar y me la tragara toda. Yo tenía tanto miedo que no dije ni mus y se la chupé hasta que acabó y casi me ahogo.

Se la guardó, arrancamos nuevamente y continuó con las obcenidades tratándome como a una basura. Me preguntaba a cuantos tenía que "hacerme" para vestirme tan fina, cuanto cobraba y que cosas era capaz de hacer, etc., etc.

Ya en Olivos y cuando veía el final mas cerca, sale de pronto de la ruta, baja por Pelliza, y entra directamente en el Ruta Hotel. Chau. pensé, ahora éste me la va a hacer pasar mal. Entramos a una pieza, no dejó que me desvistiera, me tiró sobre la cama, me levantó la pollera, me rompió la bombacha y las medias y me la metió de un saque tan violentamente, que por el dolor pegué un grito creyendo que me iba a desgarrar. Me insultó, me pegó un fuerte cachetazo, me ordenó que me la aguantara, y me cogió salvajemente hasta que acabó dentro mío.

Me quedé con tal ardor en el culo que creí que jamás se me pasaría. Salimos, volvimos al camión, me preguntó si tenía plata y a mi respuesta me dió treinta pesos para que pudiera viajar, tras lo cual me hizo bajar en el cruce de Panamericana y Gral. Paz.

Caminé un montón de cuadras por calles paralelas, oscuras, hasta que llegué a Cabildo para encontrar un teléfono. Desde allí llamé a Valeria y le dije que me tomaba un taxi para ir a cambiarme. Ella estaba, aparentemente, muy preocupada por mí y me pidió que fuera bien rápido.

Cuando llegué me contó que se había peleado a muerte con el marido, que se había ido a dormir. Lo cierto es que me cambié, le exigí que me pagara y me fuí.

Es inútil tratar de decribir la sensación que tenía. Quizea alguien mas normal que yo, hubiera terminado con sus fantasias para siempre. Yo no : al día siguiente el ardor se había transformado en un cosquilleo que me volvía loco. Soñaba despierto con el camionero. Aprovechaba cada momento que estaba solo en casa o en el estudio para meterme el consolador y dejármelo puesto por horas.

Y así sigo, esperando siempre "conseguir" alguien que me haga sentir como esa noche, como una puta barata.

Pero eso sí, borré a Valeria y sobre todo a su marido de "mi lista". Me han llamado varias veces pero me negué. Son unos delirantes peligrosos.

Pronto encontraré sustitutos, sin ninguna duda.

Hasta otra
Marcela


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