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Martín y Marcela, ambos de 25, llevaban dos anos de novios cuando decidieron ir a pasar sus vacaciones a Río de Janeiro, ya que siempre les atrajo Brasil por la simpatía de sus habitantes, además de su ritmo de vida tan particular. En estos dos anos habían sido el uno para el otro, y no había habido lugar para terceros. Al registrarse en el hotel, el conserje les explico como funcionaban las cosas allí, y que el se encargaría de los turnos nocturnos, ya que de día su puesto lo ocupaba la dueña del lugar, que era una pequeña hostería familiar, con no mas de diez habitaciones. El conserje era un hombre bajo, barbado, parecía de esa clase de gente muy tímida, sin vida social, muy activo, lo que posteriormente ratificarían, tendría aproximadamente 35 anos. Al llegar a la habitación, se miraron tiernamente, mientras reían por la equivocación al hacer las reservaciones telefónicas que los hacia aparecer en el registro como matrimonio. Era de noche, y decidieron ir a conocer la ciudad. Marcela se puso una falda beige y una camisa blanca, transparente, que dejaba apreciar su precioso sostén blanco de encaje. Al bajar a la recepción, decidieron preguntarle al conserje por un sitio para comer. Marcela era una mujer impactante, de 1,70m de estatura, morena, y con un físico que hacia dar vuelta a cuanto hombre se le cruzase en su camino. Cuando llegaron al restaurante recomendado por el conserje, no pararon de hacerse caricias a escondidas, haciendo el precalentamiento para lo que vendría luego en el hotel. Después de una maratonica sesión de sexo, se pusieron a hablar de las cosas que los excitaban Martín le confeso, por primera vez, que lo volvería loco ver a su mujer seduciendo a otro hombre, al punto de llegar a acostarse con el, siempre y cuando el pudiese estar espiándolo todo. Marcela, sorprendida, se sonrojo, pero penso que eran solo palabras sin la mas mínima intención de hacerse realidad. Un rato después, mientras miraban televisión, Martín comenzó preguntándole a su novia si se había dado cuenta de la forma en que la miraba el conserje, que cada vez que la veía parecía quedarse mudo. Ella se río, porque le parecía un tipo poco atractivo, de esos que solo viven para su trabajo, y muy ingenuo e inexperto en general, pero aseguro no haber notado nada extraño en su mirada.- Perfecto, penso Martín, justo lo que me pondría loco. Al otro día estuvieron en la playa. Al regresar al hotel, se banaron y se cambiaron para salir. Querían ir a bailar. Marcela llevaba un vestidito negro de algodón muy corto, con medias del mismo color, altas hasta el muslo, que era el preferido de Martín. La disco estaba a reventar, apenas si había lugar para moverse en la pista de baile, por lo que decidieron ir a las mesas para conversar y beber algún trago. Marcela no toleraba el alcohol, pero ese día, su novio pidió unos tequilas, diciéndole que por una vez quería verla un poco alegre. Enseguida empezaron con besos y caricias, amparados en la poca iluminación del lugar, Martín le subió la falda hasta dejar al descubierto la bombacha blanca de encaje, casi transparentes, que eran sus favoritas, para observarlas detenidamente, sin preocuparse porque pudieran verlo. Marcela, por su parte, ya empezaba a notar los efectos del alcohol, lo cual no le impedía calentarse al máximo. Tomaron un taxi de regreso, donde continuaron con su pasión en llamas. Marcela no veía la hora de llegar a la cama para vaciar su excitación, por lo que se controlo cuando al llegar a la recepción, Martín saludo animadamente al conserje y se puso a charlar con el. Tomo a Marce de la mano y se sentaron en unos sillones. El conserje, por lo tarde del horario, no tenia mucho que hacer, por lo que se quedo con ellos. El sillón estaba ubicado en forma de "U", quedando enfrentados Marce y el conserje. Ella, cansada y con la resaca de excitación sumados al alcohol, era vulnerable. Martín continuaba acariciándola, asegurándose de tocarla de forma tal que se moviera constantemente, dejando ver en numerosas oportunidades su bombacha, mientras el conserje temblaba de nervios, a la vez que iba acelerándose mas y mas al poder ver de distintas formas esa bombacha blanca que parecía invitarlo. Martín también estaba disfrutándolo todo. En cierto momento, saco su cámara fotográfica con la excusa de que el conserje les tomara una foto. Sentó a Marce sobre sus piernas, levantando disimuladamente su vestido, para que las bragas volviesen a quedar a la vista. Tiempo después se excitaría al ver que era lo que veía el conserje en ese momento al revelar el rollo. Para hacer entrar en confianza a este, Martín le dijo a Marce que le sacaría una foto con el conserje como recuerdo de lo bien que los había atendido, y que al regresar le enviarían una copia por correo. Se sentaron una junto al otro, tímidamente, pero Martín les pidió que se juntaran mas. Saco la foto, pero no conforme con esta, hizo que se abrazaran, primero, para luego hacer sentar a Marce sobre las piernas del conserje, que parecía estar sonando de placer. Marce no estaba en condiciones de distinguir que hacia, ya que aquel tequila parecía haberla puesto en las nubes. En ese momento, cuando el conserje no podía controlar su erección, Martín dijo que era tarde, y que irían a descansar. Saludo al conserje y cargo a su novia en brazos para subir los dos pisos hasta la habitación. El conserje estaba a punto de hacerse la paja, cuando sonó el teléfono del servicio de habitación. Era Martín, que le pedía si podría subirles una botella de champagne. Cuando golpeo la puerta, Martín le dijo que pasara, que la puerta estaba abierta. Martín estaba sentado en la cama, Y Marce parecía estar en el baño. Martín abrió la botella y sirvió tres vasos, al tiempo que ella salía del baño. - Veni, le dijo Martín a su novia, sentate a mi lado. El conserje estaba sentado en una silla mirándolo todo. - Esta muy cansada, ¿por que no me das una mano con esto?, Le dijo al conserje al tiempo que comenzaba a desprenderle el vestido. Este se acerco de inmediato. Marce quedo tendida en la cama, casi dormida y vestida solo en bombacha y corpiño. -¿es bonita, no le parece?, Dijo Martín, a lo que el conserje sonrío tímidamente. Martín se sentó en el sillón, y le dijo, - acaríciela, que eso la pone loca. El conserje se subió a la cama, mientras Marce bebía el champagne. Comenzó a tocarla por encima de las bragas, sintiendo la humedad de la concha, y luego procedió a quitarle la bombacha, pudiendo admirar su prolijamente depilada y negra concha. Olió la bombacha, y al ver tal interés, Martín le dijo que esa prenda seria el regalo suyo y de Marce por su hospitalidad. El conserje las guardo en su pantalón. Desabrocho su sostén y comenzó a chuparle las tetas y masajearle la conchita, mientras Marce no paraba de gemir, para luego bajar la cremallera del muchacho y sacar su polla, la que sorprendió a Martín por su buen tamaño. Ella comenzó a mamársela desenfrenadamente. Martín seguía toda la escena tocándose por arriba del pantalón. - Vas a terminar acabando sin metérsela, desafío Martín al conserje que, en el clímax, la penetro violentamente, moviéndose, besándola toda, tocándola, hasta que luego de un rato acabo dentro de Marce, quien para ese entonces había tenido tres orgasmos sin dejar de repetirle a Martín que lo amaba mas que a nada en el mundo y que le agradecía haberle hecho conocer estas nuevas experiencias. A la mañana siguiente, al despertarse, decidieron quedarse el día entero en la habitación. Tuvieron el mejor sexo que jamas hayan tenido. De regreso en su país, la excitación que sintió Martín al revelar el rollo fue tremenda: era increíble ver a su mujer a su lado, con sus bragas expuestas a un desconocido, y luego sentada en el regazo de este, que para este tiempo estaría jugando con esas bragas cada noche, oliendo el aroma del jugo de la concha de su mujer y masturbándose con ellas. Poco tiempo después se casaron. Nunca mas tuvieron noticias del conserje, desde que le enviaron un sobre sin remitente con copias de todas las fotos incluidas las que le sacaban el sueno a Martín. FIN |
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