Sin
respetar a señores
que hacen gala del amor,
he sido el más cojedor
de todos los cojedores.
No creo que habrá mejores
ni tampoco existirá
otro que cojerá
tanto como he cojido
en este mundo querido,
que mundo siempre será.
La primera vez que cojí,
si no equivoco mi cuenta,
fue a una negra sirvienta
que mucho la perseguí;
bramaba como un ají
al meterle la poronga,
y se hacía la morronga
cuando vio que iba a acabar
y me empezaba a gritar:
¡Aronga, negrito, aronga!
También me cojí una vieja
más fea que una vizcacha
y en cuanto se puso en gacha
me la prendí de una oreja.
En vano llora y se queja,
yo no la quiero largar,
pero al tiempo de acabar
pegó un grito de nuevo
y se me prendió de los huevos
queriéndomelos arrancar.
Al lado de la estación
también me cojí una vasca
que no respetaba guasca
de ninguna dimensión.
Del primer empujón
ya quedó desengañada
y hasta quedó desmayada
lo que conoció el rigor,
la pujanza y el furor
de mi poronga enojada.
Tiraba algunas patadas
y hasta quería gritar,
pero yo la hice callar
con la de quince pulgadas.
Le puse bien arrimadas
las pelotas al ojete
de manera que un sorete
su negra punta asomó
y a los dos juntos nos cagó
en el mismo mojinete.
También me cojí una gringa
de cara muy regular
a quien iba a visitar
muy temprano de mañana.
Lo que la ví tan bonita
no la quise lastimar
y le metí la puntita,
tratándola de engañar.
Se me quiso enojar
lo que tan poco le di,
me dio rabia lo que vi
que comadreaba al botón
y de un soberbio empujón
todita se la metí.
He tenido enfermedad
y todas clase de plagas,
incordios, crestas y llagas
en distintas ocaciones,
he tenido purgaciones
y enfermedades sencillas,
todos los días ladillas
y enfermedades penosas,
he tenido primorosas
crestas y garrapatillas.
Muchos médicos famosos
el bicho me han operado,
dejando zanjas y pozos
por las partes que han cortado.
Por eso es que yo he mermado
en belleza y fortaleza
y como flor de regadera
me ha quedado la cabeza