"Ella se rió divertida de un modo tan natural, que él aprovechó
la ocasión para abrazarla y le dio el primer beso en la boca. Ella le correspondió y él
siguió dándole besos muy suaves en las mejillas, en la nariz, en los párpados, mientras
deslizaba la mano por debajo de la sábana, y le acarició el pubis redondo y lacio, un
pubis de japonesa. Ella no le apartó la mano, pero mantuvo la suya en estado de alerta,
por si él avanzaba un paso más.
Entonces le quitó la sábana de encima y ella no sólo no se opuso,
sino que la mandó lejos de la litera con un golpe rápido de los pies, porque ya no
soportaba el calor. Su cuerpo era ondulante y elástico, mucho más serio de lo que
parecía vestida, y con un olor propio de animal de monte que permitía distinguirla entre
todas las mujeres del mundo. Indefensa a plena luz, un golpe de sangre hirviendo se le
subió a la cara, y lo único que se le ocurrió para disimularlo fue colgarse del cuello
de su hombre, y besarlo a fondo, muy fuerte, hasta que se gastaron en el beso todo el aire
de respirar.
Al amanecer, cuando se durmieron, ella seguía siendo virgen, pero no
habría de serlo por mucho tiempo. La noche siguiente, en efecto, después que él le
enseñó a bailar los valses de Viena bajo el cielo sideral del Caribe, él tuvo que ir al
baño después que ella, y cuando regresó al camarote la encontró esperándolo desnuda
en la cama. Entonces fue ella quien tomó la iniciativa, y se le entregó sin miedo, sin
dolor, con la alegría de una aventura de alta mar, y sin más vestigio de ceremonia
sangrienta que la rosa del honor en la sábana. Ambos lo hicieron bien, casi como un
milagro y siguieron haciéndolo bien de noche y de día y cada vez mejor en el resto del
viaje, y cuando llegaron a La Rochelle se entendían como amantes antiguos."