"Le ha arrancado el vestido, lo tira, le ha arrancado el slip de
algodón blanco y la lleva hasta la cama así desnuda. Y entonces se vuelve del otro lado
de la cama y llora. Y lenta, paciente, ella lo atrae hacia sí y empieza a desnudarlo. Lo
hace con los ojos cerrados, lentamente él intenta moverse para ayudarla. Ella pide que no
se mueva. Déjame. Le dice que quiere hacerlo ella. Lo hace. Le desnuda. Cuando se lo pide
el hombre desplaza su cuerpo en la cama, pero apenas, levemente, como para no despertarla.
La piel es de una suntuosa dulzura. El cuerpo. El cuerpo es delgado,
sin fuerza, sin músculos, podría haber estado enfermo, estar convaleciente, es imberbe,
sin otra virilidad que la del sexo, está muy débil, diríase estar a merced de un
insulto, dolido. Ella no lo mira a la cara. No lo mira. Lo toca. Toca la dulzura de su
sexo, de la piel, acaricia el color dorado, la novedad desconocida. Él gime, llora. Está
inmerso en un amor abominable.
Y llorando, él lo hace. Primero hay dolor. Y después ese dolor se
asimila a su vez, se transforma, lentamente arrancado, transportado hacia el goce,
abrazado a ella.
El mar, informe, simplemente incomparable.
No sabía que se sangraba. Me pregunta si duele, digo no, dice que se
siente feliz.
Seca la sangre, me lava. Le miro hacer. Insensiblemente vuelve, se
vuelve otra vez deseable."