No encendimos la luz. Un poco de luna que entraba por la ventana
alumbro la mitad de Pati, y la otra mitad quedo en la oscuridad. Nos volvimos a besar,
esta vez de pie, y nos apretamos el uno contra el otro y nos sentimos los dos. Sin dejar
de besarnos pati me desabrocho la camisa y la dejo caer por detrás de mi espalda, sin
dejar de besarnos. Ahora yo podía tocar y recorrer la cola redonda y firme, la cintura
breve, la piel suave, la boca caliente. Le saque la ropa.
Primero los zapatos, después la pollera, el cinturón, la camisa. Le
deje las media que terminaban apenas pasado el ombligo, angostándole la cintura y nos
besamos de vuelta. Pati me saco los pantalones, termino de desnudarse y se tiro en la cama
boca abajo y entregado. Yo me desvestí y me pose sobre pati sintiendo su piel y sintiendo
sus convulsiones y las mías cuando la carne se tocaba.
El resto fue un juego. El juego de siempre sobre la cama de siempre. El
resto fueron las caricias, los dedos ansiosos, la boca en todas partes, un cuerpo sobre el
otro y la cama que crujía sobre nuestros gemidos sordos. El resto fueron un par de
gritos, su forma de dejarse, las ganas de mis ganas, mi carne entre su carne y mis gritos
de nuevo. El resto fue su escape furtivo antes de que llegara el día, se rompiera el
encanto y la reina dejara de ser reina.
Yo me quede ahí. Me dormí enseguida, sin fuerzas para pensar en lo
que habíamos hecho, en lo que había pasado. Me dormí. Estaba cansado y confuso y
satisfecho.